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15 março 2013

Londres sabe desde 1910 que no tiene derecho sobre las Malvinas




En 1910 y en 1936, funcionarios y abogados el Foreign Office emitieron dictámenes que ponían en duda los títulos británicos para retener las Malvinas. “No es fácil explicar nuestra posición sin quedar como bandidos internacionales”, decía un memorando de 1936. Gran Bretaña nunca aceptó un arbitraje porque su posición tenía “ciertas debilidades”, y las islas debían ser conservadas “por razones estratégicas”.

A poco de planteada la crisis de las Malvinas, el gobierno británico removió todos los documentos sobre las Falklands que se hallaban en el Public Record Office: un archivo de papeles oficiales accesibles al público.

El Sunday Times reveló el 20 de junio de 1982 que, entre los documentos trasladados al Foreign Office, figuran varios en que los funcionarios de la propia cancillería británica pusieron en duda el derecho del Reino Unido sobre el archipiélago.

Ésta es una lista de los papeles que prueban las “dudas secretas” de la diplomacia inglesa acerca de ese derecho, invocado por el gobierno de Margaret Thatcher para librar la guerra del Atlántico Sur:

Memorando De Bernhardt (1910). A pedido del jefe del Departamento Americano del Foreign Office, Sidney Spicer, el investigador Gastón De Bernhardt preparó un memorando que condensaba la historia de las islas y los argumentos jurídicos de Gran Bretaña y la Argentina. Ese memorando sirvió como guía interna del Foreign Office hasta 1938. De Bernhardt dejó sentado lo siguiente:
  • “La cuestión de la soberanía fue específicamente excluida del acuerdo celebrado con España en 1771.” Este acuerdo contenía una cláusula secreta por la cual Gran Bretaña se obligaba a abandonar las islas, cosa que hizo en 1774.
  • “Durante 55 años, hasta 1829 (es decir, hasta 13 años después de proclamada la independencia de la Argentina), Gran Bretaña no mostró interés en las islas.”
  • “Gran Bretaña comenzó a reclamar la isla oriental sólo en 1829” (nunca la había reclamado durante el dominio español; ésta es la isla donde está Puerto Argentino).
Carta de Spicer (1910). En carta al propio De Bernhardt, Spicer confesó: “Es difícil evitar la conclusión de que la actitud del gobierno argentino no es enteramente injustificada, y que nuestra acción ha sido algo despótica”.

Memorando Fitzmaurice (1936). En febrero de 1936, el asesor legal George Fitzmaurice desaconsejó que Gran Bretaña sometiera la cuestión de las Malvinas a un arbitraje internacional: “Nuestra posición tiene ciertas debilidades. Pero nosotros hemos ocupado las islas durante más de un siglo (aunque sea ilegalmente, como dice la Argentina) y por razones estratégicas no podemos renunciar a ellas. De manera que lo más indicado es adoptar una línea dura”.

Memorando Troutbeck (1936). Ese mismo año, el jefe del departamento americano del Foreign Office, John Troutbeck, dejó sentada por escrito su opinión: “La dificultad [para sostener] nuestra posición es que la captura de las islas Falkland en 1833 fue un procedimiento arbitrario, si se lo juzga con los criterios de hoy en día. No es, por lo tanto, fácil explicar nuestra posición sin quedar como bandidos internacionales”.

Propuesta de devolver las islas a la Argentina (1940). Este documento figura en el índice del Public Record Office pero permanecerá secreto hasta el año 2015. El título, sin embargo, es suficientemente explícito: “Oferta hecha por el gobierno de Su Majestad para reunificar las islas Falkland con la Argentina y aceptarlas en arriendo”.

Memorando del Departamento de Investigaciones (1946). Este documento describe la ocupación británica de las islas, en 1833, como “un acto de injustificable agresión”.

Al margen de estos antecedentes, están los actos públicos, reveladores de que Gran Bretaña había abandonado toda pretensión de soberanía sobre las  Malvinas.

Constituida la Organización de las Naciones Unidas, registró el archipiélago como “territorio sin gobierno propio, bajo administración británica”: un modo elíptico de aludir a una colonia.
El Comité Especial de Descolonización (ONU) declaró que las Malvinas estaban sujetas al proceso descolonizador, urgido en 1960 por la Asamblea General de las Naciones Unidas.

En 1965, Gran Bretaña y la Argentina comenzaron a negociar el futuro de las islas en el marco de la ONU: Londres reconoció, de hecho, el status colonial de las Malvinas, su único argumento para demorar la reintegración del archipiélago a la Argentina era la voluntad de los isleños. La Corona ya no invocaba títulos sobre las islas.

El derecho a la autodeterminación, planteado por Gran Bretaña a favor de los isleños, sólo surge en el caso de una población que reclama su independencia: algo que nunca hicieron ni podrían hacer los 1800 habitantes de la colonia británica.

Ése era el último argumento del gobierno británico, que desde 1910 venia retrocediendo en sus posiciones –inauguradas en 1833 por Lord Palmerston con una firme defensa del derecho de soberanía de la Corona- hasta llegar al punto en que se hallaba el conflicto cuando, el 2 de abril, la Argentina ocupó las islas.

Fue entonces cuando Margaret Thatcher revivió la idea según la cual “the Falklands are British”: algo que, como lo revelan los documentos internos, nunca fue creído ni por el Foreign Office.


17 março 2012

Frederico Füllgraf - Malvinas: trinta anos depois, a guerra continua


No próximo dia 2 de abril, completam-se trinta anos da Guerra das Malvinas (1982), que durou dois meses, ceifou a vida de 650 argentinos e 255 britânicos, e culminou com a capitulação de 11.313 tropas argentinas – uma derrota humilhante para os generais-torturadores que ocupavam a Casa Rosada, dando início ao fim da mais sangrenta ditadura dos anos de chumbo da América Latina, que “desapareceu” com 30 mil opositores políticos.

Desde o final de 2011, os governos argentino e inglês esgrimem uma guerrilha de desgaste na mídia internacional, cujo vitorioso até a véspera do 30º aniversário do conflito, sem sombra de dúvida, é o Governo Cristina Fernández de Kirchner. Isto porque, apesar da notória arrogância e irredutibilidade inglesas, trinta anos depois do literal salto no escuro do ébrio Gal. Leopoldo Galtieri, com sua astúcia e ofensiva diplomática, a Argentina de Kirchner possui as melhoras cartas: conseguiu provar a violação de resoluções da ONU pelo Reino Unido, atestar seu desinteressse por novo enfrentamento armado e sua aposta na mesa de negociações, somando apoios solidários e incondicionais, não apenas dos países latino-americanos (Unasul, Aladi e OEA), mas de todo o Atlântico Sul, ao seu papel de soberana legítima sobre o arquipélago, herdado uti possidetis mediante sua independência da Espanha (Províncias Unidas, 9 de julho de 1816), em seguida invadido por piratas ingleses e norte-americanos, que em 1833 expulsaram das ilhas seus primeiros administradores platenses.

Episódio insólito presenciado em Londres, em junho de 2011, James Peck, filho de um soldado britânico das Malvinas, casado com uma argentina, naturalizou-se e recebeu das mãos de Cristina Kirchner a carteina de identidade (DNI), ainda por cima declarando que a Argentina era o país onde se sentia feliz e que as ilhas ocupadas por sua família pertenciam a Buenos Aires!

Fazendo coro, no início de 2012, os países do Mercosul proibiram o atracamento de barcos sob bandeira britânica das Malvinas em portos do Continente, medida até mesmo endossada pelo governo direitista de Sebastián Piñera, no Chile. Contudo, a cereja no bolo foi a atração para o salão nobre da Casa Rosada de ilustres dissidentes de Hollywood (Sean Penn) e do mainstream musical (Roger Waters, ex-Pink Floyd), fanfarroneando em uníssono, “Las Malvinas son argentinas!”. Quer dizer: mais ou menos argentinas, porque Waters disse “should be argentine!”, e depois tentou desdizer-se, mas já era tarde, sua entrevista já rodava no Youtube... Viento sur! - o garoto de recados da city londrina e mais que insensato “dissidente” da União Européia, David Cameron, não soube onde esconder sua estampa humilhada.

No início de fevereiro, via Penguin News, veio o “troco”: o único jornal dos kelpers – gentilíco que deriva das algas kelp, cuja apanha em mais de duzentos anos de ocupação e vandalismo de variadas espécies da flora e fauna malvinense indica ser o único “valor agregado” pelos pouco mais de três mil súditos trazidos das Ilhas Britânicas – chamou a Presidente Kirchner de “bitch”; baixo calão, cuja versão branda significa “cadela”, mas cuja intenção foi mesmo a de ofender a mais alta dignitária argentina como “puta”. No início do ano, William Hague, ministro do exterior inglês, realizava afobada visita ao Brasil e ao Chile, numa desesperada tentativa de reverter o “bloqueio naval” do Mercosul, seduzindo com as miçangas baratas dos conquistadores nas praias dos gentíos - acordos de cooperação científica e cultural e intensificação do sofrível comércio bilateral - e a indisfarçável intenção de “isolar” a Argentina – mas o tiro lhe saiu pela culatra, quem já estava isolado era o Reino Unido.

Com uma manobra risível, mas truculenta, Cameron reforçou a carga, destacando para as Malvinas o destroyer de última geração, HMS Dauntless ("sem medo"), poucas semanas depois, o próprio príncipe (-herdeiro) William, como demonstração do inequívoco respaldo da decrépita Elisabeth II ao indisfarçável assalto corsário às ilhas do Atlântico Sul. Jubiloso tiro no pé, a contraofensiva britânica ilustrou de modo exemplar a acusação de regime colonialista, formulada pelo Ministro Timerman contra o Reino Unido, reforçando a percepção em escala mundial de que, de fato, com seus 10 “protetorados em ultramar”, em pleno Terceiro Milênio, a Inglaterra é a mais descarada potência tardo-colonialista do mundo.

Trinta anos após o enfrentamento militar nas Malvinas, a Argentina denuncia a hipótese de novo deslocamento de armamento nuclear – em português curto e grosso: bombas atômicas – pela Inglaterra às Ilhas Malvinas, violando as disposições da Zona de Paz e Cooperação do Atlântico Sul (ZPCAS) - estabelecida em 1986 mediante a Resolução 41/11 da Assembléia Geral das Nações Unidas, encaminhada por iniciativa do Brasil - e do Tratado de Tlatelolco (1969), que proibem terminantemente a circulação, quanto mais o uso de armas nucleares na região.

Espectro sinistro, verdadeiramente demencial, durante a Guerra das Malvinas, o Reino Unido deslocara armas nucleares para o conflito. Para não ferir as disposições do Tratado de Tlatelolco, as bombas atômicas eram transferidas de belonave para belonave, até a última a aproximar-se da área de enfrentamentos, e até hoje o governo britânico nega-se a confirmar se o cruzador “Sheffield”, afundado pela Argentina, não levava a bordo bombas atômicas, que podem estar “dormindo” no leito do mar que circunda as ilhas. (The Guardian, 6/12/2003 - http://www.guardian.co.uk/politics/2003/dec/06/military.freedomofinformation).

O resgate da soberania argentina sobre as Malvinas é apenas uma questão de tempo; uma jornada longa e espinhosa. Contudo, o caminho indicado para o êxito é a mesa de negociações, onde, sem dúvida a duras penas e mediante concessões aos supostos “nativos”, a Argentina, apoiada pela imensa maioria da comunidade internacional, subtrairá as ilhas ao controle colonial britânico, esdrúxulo e decadente. 

Trinta anos depois, a Guerra pelas Malvinas continua - mas com outros meios (se o imperiozinho, fátuo e esquálido, não perder a cabeça).

Fotos, de cima para baixo: prisioneiros de guerra argentinos (1982);
Cristina F. de Kirchner com James Peck (2011); 
William Hague: como cria de Maggie Thatcher (1982);
Sean Penn com Cristina Kirchner.

30 janeiro 2012

Roger Casement - "England, the enemy of Peace" - Still an unfortunate truth

Sir Roger Casement (1864-1916)

"Inglaterra, a inimiga da paz"
Cap IV - The Crime Against Europe

[...]

I believe England to be the enemy of European peace, and that until her "mastery of the sea" is overmastered by Europe, there can be no peace upon earth or goodwill among men. Her claim to rule the seas, and the consequences, direct and indirect, that flow from its assertion are the chief factors of international discord that now threaten the peace of the world.

In order to maintain that indefensible claim she is driven to aggression and intrigue in every quarter of the globe; to setting otherwise friendly peoples by the ears; to forming "alliances" and ententes, to dissolving friendships, the aim always being the old one, divide et impera.

The fact that Europe to-day is divided into armed camps is mainly due to English effort to retain that mastery of the sea. It is generally assumed, and the idea is propagated by English agencies, that Europe owes her burden of armaments to the antagonism between France and Germany, to the loss of Alsace-Lorraine by France, and the spirit and hope of a revanche thereby engendered. But this antagonism has long ceased to be the chief factor that moulds European armaments.

Were it not for British policy, and the unhealthy hope it proffers France would ere this have resigned herself, as the two provinces have done, to the solution imposed by the war of 1870. It is England and English ambition that beget the state of mind responsible for the enormous growth of armaments that now over-shadows continental civilization. Humanity, hemmed in in Central Europe by a forest of bayonets and debarred all egress to the light of a larger world by a forbidding circle of dreadnoughts, is called to peace conferences and arbitration treaties by the very power whose fundamental maxim of rule ensures war as the normal outlook for every growing nation of the Old World.

If Europe would not strangle herself with her own hands she must strangle the sea serpent whose coils enfold her shores.

Inspect the foundation of European armaments where we will, and we shall find that the master builder is he who fashioned the British Empire. It is that empire, its claim to universal right of pre-emption to every zone and region washed by the waves and useful and necessary for the expansion of the white races, and its assertion of a right to control at will all the seas of all the world that drives the peoples of Europe into armed camps. The policy [pg 38]of the Boer War is being tried on a vaster scale against Europe. Just as England beat the Boers by concentration camps and not by arms, by money and not by men, so she seeks to-day to erect an armourplate barrier around the one European people she fears to meet in the field, and to turn all Central Europe into a vast concentration camp. By use of the longest purse she has already carried this barrier well towards completion. One gap remains, and it is to make sure that this opening, too, shall be closed that she now directs all the force of her efforts. Here the longest purse is of less avail, so England draws upon another armoury. She appeals to the longest tongue in history—the longest and something else.

In order to make sure the encompassing of Europe with a girdle of steel it is necessary to circle the United States with a girdle of lies. With America true to the great policy of her great founder, an America, "the friend of all powers but the ally of none," English designs against European civilization must in the end fail. Those plans can succeed only by active American support, and to secure this is now the supreme task and aim of British stealth and skill. Every tool of her diplomacy, polished and unpolished, from the trained envoy to the boy scout and the minor poet has been tried in turn. The pulpit, the bar, the press; the society hostess, the Cabinet Minister and the Cabinet Minister's wife, the ex-Cabinet Minister and the Royal Family itself, and last, but not least, even "Irish nationality"—all have been pilgrims to that shrine; and each has been carefully primed, loaded, well aimed, and then turned full on the weak spots in the armour of republican simplicity. To the success of these resources of panic the falsification of history becomes essential and the vilification of the most peace-loving people of Europe. The past relations of England with the United States are to be blotted out, and the American people who are by blood so largely Germanic, are to be entrapped into an attitude of suspicion, hostility and resentment against the country and race from whom they have received nothing but good. Germany is represented as the enemy, not to England's indefensible claim to own the seas, but to American ideals on the American continent. Just as the Teuton has become the "enemy of civilization" in the Old World because he alone has power, strength of mind, and force of purpose to seriously dispute the British hegemony of the seas, so he is assiduously represented as the only threat to American hegemony of the New World [...]