12 fevereiro 2017

Frederico Füllgraf: Ventanas - Minicuentos de Montevideo





Cuando por primera vez vi aquella terraza enmarcada, imaginé que el cuarto de ella pudiese estar escondido detrás de la contraventana, a la derecha, con sus alas recostadas, pero apenas lo suficiente para alumbrar los razgos del rostro de su hombre debajo de las cubiertas.

A veces, en la calle se puede escuchar algunas notas tocadas al piano, por las dudas oculto atrás de la contraventana del medio.

Cuando las notas se escapan por las grietas de las ventanas y puertas entreabiertas, resbalan a través de las rejas de la terraza y caen en el paseo, se transforman en otra nota.

¡Es una vocería, una Babel! Un fa quiere ser un re menor, un mi se acuerda de Libertad Lamarque cantando “Cuesta abajo” y quiere ser un sol, pero entonces se cae sentado justo al lado de un perro que no está para gracias - ¡mejor callarse!

Entonces las personas apresuradas caminan por la vereda y tropiezan en las notas huérfanas.

Hay los sujetos bien intencionados pero tercos que las meten en el bolsillo, para regalarselas a sus esposas o amantes. Pero con las notas es como en el amor: la falta de cariño les quita el aire - ¡y se mueren!

Pero hay unos tipos más listos que se las meten en el recuerdo, y salen por la vereda cantando a solas, como suelen hacer los borrachos y los loquillos.

A una nota muy enamorada se le ocurrió cantar “Vivo por lei” - ¡así de embobada como la Pausini por el Andrea Boccelli!





¿Y esta puerta abierta?, te preguntarás.

Yo me detuve unos minutos en el paseo, el tiempo de un cigarrillo, mirándola. Y de repente escuché una voz estridente, pero apenas cuchicheada.
Miré los alderedores, pero no había ni un alma viva.
De repente me di cuenta de unos movimientos raros de la planta en el florero de la terraza.

Era como si me estubiera llamando con una de sus ramas. Espera, me dije: ¿una planta “llamando”?

Eran las tres de la tarde, no me había tomado ni fumado nada a la hora del almuerzo, por las dudas me encontraba sobrio.

Sí, la planta me hacía señas para que me aproximara.

Le obedeci y me preguntó en cual idioma prefería que me hablara, lo que obviamente era indício de una planta soberba o que me había reconocido como extranjero.

Una planta que habla, y encima poliglota - que escena ridícula, pensé, ¡y nadie me la va a creer!

Pero bueno, la locura ya estaba por la mitad, asi que me aproximé y le dije a la planta “¡soy todo oídos!”.

En un castellano con inconfundible acento platense – ¿sabes cuando hablan de caballos y te dicen cabasho, o de las brumas del mes de masho? - entonces la planta dijo: 

Mientras hacían el amor, dejaron abierta a la puerta. Esha quería ver el cielo mientras era sacudida por el éxtasis. Las grietas de la contraventana filtraban rashitos de sol que partían su cadera derecha en zonas de claro-oscuro – justo en el momento de la pequenã muerte, como los franceses le dicen al goce. ¡Sho lo vi todo!Y me abané – ¡uff! Entonces vino la señora y me dio un riego con agua fresco... - jiji.

Eso me contó la planta entre risitas.

La miré, me encendí otro cigarro y salí caminando. ¡Ahora sí que me iba a tomar un trago!

Ciudad Vieja.





En esta terraza la historia es narrada por las cortinas.

Cuando ella y el se casaron, siempre cuando la luna-llena emergía del rio, los dos se besaban en la terraza, repleta de begonias y pensamientos.

Hoy, la terraza es un depósito de chatarra, como su amor.

En el canto derecho yace un cable de antena de rádio, silenciado, que en los viernes les llenaba el lívin de tangos, que ellos bailaban, ida y vuelta, ida y vuelta, siempre hasta el borde de la terraza.

Ahora, al lado de la puerta el vacío, todo es paredes descascaradas, cortinas mugrientas y sueños murchitados.


Uno se las va arreglando...




Pues esta ventana, aquí, podría ser de "Ulises".

Desde que la mujer se fue, el no se levanta más de la cama, colocada en el centro geográfico de la mansarda, cuya unica ventana no abre, y cuyas cortinas continúan atadas en trenzas. Intocadas desde que ella las juntó antes de irse.


En algunos días, el frío y la luz macilenta que se infiltran por las grietas de la pared, le hacen recordar Dublin.

En el invierno, las noches del Prata son largas.

Pero quien sabe Molly se arrepiente...




He aqui una terraza que podria estar en Madrid. Quien sabe, en Barcelona.
También podria ser en Genova.
¿Buenos Aires? Podria ser.
¿Que tal si fuera Palermo, en Sicilia?

Cuando el último capo tomó su barco para América – algunos para el Sur -, todas las mujeres fueron a la capilla, rezar.

Aquí, en el día del desembarco, todos eses recuerdos se mezclaron con el Plata.

Una vez por día, hace veinte y tres años, esta mujer acecha a la terraza, por en cima de los tejados de la ciudad.

Quien sabe hoy podrá distinguir en el rio la silueta del barco desaparecido, aproximandose del puerto! Del que entonces saltará su hombre – aquel que hace muchos años se fue al mar sin jamás escribirle.
Ella tiene esperanzas.

Todavía no le permite a nadie que la llamen de viúda. Por eso deja intocada la pensión que le mandan al banco.





La ultima foto cuenta una historia simple, pero duradera, que pudo haber sido así:

Ella lo invitó para que abrigaran sus sentimientos debajo de un solo techo.

Y le sugerió que encajara su escritorio en la nave del lívin, alumbrada por tres lados, para que en ningún instante del día el oscuro cayera sobre las palabras.



Fotos: F. Füllgraf








Frederico Füllgraf - Ventanas


Fotos: F. Füllgraf

Mini-contos montevideanos

Quando vi pela primeira vez aquele terraço emoldurado, imaginei que o quarto dela estivesse escondido atrás da veneziana da direita, com suas asas ligeiramente encostadas; apenas o suficiente para iluminar sempre os traços do rosto dele no escuro das cobertas.

Às vezes ouve-se algumas notas tocadas ao piano, provavelmente oculto atrás da veneziana do meio. Quando as notas resvalam pelo gradeado do terraço e caem na calçada, elas se transformam em outra nota - um si, um fá, um ré menor, por exemplo. 

Quando as pessoas as ajuntam do chão, elas voltam a vibrar como as notas tocadas pelas mãos dela. Então as mulheres e os homens as levam para casa. Para tocá-las para suas namoradas, ou seus maridos.


Já este gradeado contava outra estória. 

Enquanto faziam amor, deixaram aberta a porta. Ela queria enxergar o céu enquanto desfrutava o êxtase. As frestas da veneziana filtraram uma nesga de sol que cindiu a coxa direita dela em zonas de claro-escuro no momento da pequena morte. 

A trepadeira no vaso, que testemunhara tudo, estrebuchou.

E ela foi regá-la.

Ciudad Vieja.


Aqui a estória é sussurrada pelas cortinas.

Quando ele e ela se casaram, sempre que fazia lua-cheia sobre o rio, eles se beijavam na sacada, repleta de begônias e amores-perfeitos. Hoje, a sacada é um depósito de entulho como seu amor. 

No canto direito, jaz o cabo de uma antena do rádio, silenciado, que às sextas lhes enchia a sala de tangos, que eles bailavam, ida e volta, sempre até a varanda.

Agora, junto à porta escancarada para o nada, tudo são paredes descoradas, cortinas encardidas de pó e sonhos murchos.

"Vai se vivendo".


Aquela janela ali poderia ser de "Ulisses". 

Desde que a mulher partiu, ele não sai da cama, colocada no centro geográfico da mansarda, cujas janelas não abrem, e cujas cortinas continuam atadas em tranças. Do jeito que ela deixou. 

Em certos dias, o frio e a luz macilenta que se infiltram pelas frestas, lhe fazem lembrar Dublin. 

No inverno, as noites do Prata são compridas. Mas quem sabe Molly se arrependa...


Esta sacada poderia ser Madrid. Quem sabe, Barcelona.
Também podia ser Gênova.

Buenos Aires? Podia ser.


Palermo é que não poderia ser: quando o último capo tomou o navio para a América, todas as mulheres foram para a capela, rezar.
Aqui, no dia da chegada, essas lembranças, todas, se misturaram ao Prata.

Uma vez por dia, há vinte e três anos, a mulher espreita da varanda, por cima dos telhados contíguos.

Quem sabe hoje conseguiria denotar no rio a silhueta do barco desaparecido, aproximando-se do porto! Do qual baixaria então seu homem, que foi ao mar e nunca mais lhe escreveu.

Ela tem esperanças. Ainda não se deixa chamar viúva, mas a pensão intocada se avoluma na conta do banco.


Nesta, daqui debaixo, me senti em casa. Poderia ter sido assim: Ela me convidou para avizinhar nossos sentimentos debaixo de um só teto - minha escrivaninha encaixada na nave desta sala, iluminada pelos três lados, para que em nenhuma hora do dia o escuro caia sobre as palavras.