27 setembro 2017

Walter Benjamin - Morte em Portbou


La muerte de Walter Benjamin



FERRAN BONO 27/09/2005, EL PAÍS
 
Un 26 de septiembre, como ayer, murió Walter Benjamin. Corría el año 1940. El pensador alemán, judío y marxista, había traspasado los Pirineos con el objeto de embarcar hacia EE UU. Llevaba varios años de exilio en Francia. Huía de los nazis. Y encontró la muerte en el pueblo catalán de Port Bou. En una fonda de la frontera, bajo la vigilancia de tres policías del régimen fascista que tenían las órdenes de deportarlo en la Francia colaboracionista de Vichy al día siguiente. Un día como el de hoy.

     Sus allegados hablaron de suicidio; el parte médico tipificó el deceso de muerte natural. Nunca se han esclarecido completamente las circunstancias que rodearon la muerte de este pensador, uno de los más influyentes de la primera mitad del siglo XX, el autor de La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica.

     El documental Quién mató a Walter Benjamin... aporta nuevos datos sobre los hechos. Es el fruto del trabajo de investigación de tres años de su director, el francés David Mauas, que se ha entrevistado con personas implicadas en el caso en Alemania, Francia y España. También ha consultado en archivos de Israel, Estados Unidos e Inglaterra.

     "Con la intención de realizar la primera investigación coordinada entre los tres países, complementar los puntos de vista de sus autoridades y explorar a fondo el mito del suicidio, el director creó este film noir, híbrido entre el documental clásico y el video art. El director dice que Quién mató a Walter Benjamin... "no supone sólo la reconstrucción de una muerte, sino el retrato del escenario de un crimen", señala la nota informativa del Instituto Goethe de Barcelona, que ha apoyado la producción del documental junto al IVAM, y otras instituciones como European Association for Jewish Culture. La producción ha corrido ha cargo de Medianimación y Milagros Producción, con la coproducción de Televisió Catalana y Nik Media (Países Bajos).

     El documental se estrenará el 6 de octubre en el Instituto Francés de Barcelona. Luego se proyectará en el Festival Internacional de Cine de Sitges y a finales del mes de octubre, está prevista su emisión en el IVAM. La TVC estrenará una versión televisiva.

     La película pretende responder a las siguientes preguntas: ¿Encubrió el médico la verdadera causa de la muerte? ¿Adónde fue a parar su último manuscrito? ¿Tenían conocimiento las autoridades españolas acerca de la importancia de este "viajero extranjero" que fue enterrado según rito católico y bajo un nombre equivocado? ¿Se trató realmente de un suicidio?

     El documental es, también, un retrato de un pueblo de frontera, anclado entre dos frentes, "testigo de evasiones, persecuciones y falsas esperanzas", añade la nota del Instituto Goethe. Un pueblo en el que el artista judío Dani Karavan, que expuso en el IVAM de la mano del anterior director, Kosme de Barañano, instaló un monumento en memoria de Benjamin, nacido en Berlín en 1891.

     La muerte del gran pensador ha provocado numerosas especulaciones. Incluso el episodio ha sido tratado por la novela El pasajero Walter Benjamin (Igitur) de Ricardo Cano Gaviria, una "elegante y muy sutil recreación de las últimas horas que precedieron a la muerte por morfina del escritor, que oficialmente murió de hemorragia cerebral en aquel hotel de frontera de Portbou", en opinión de Enrique Vila-Matas. El escritor catalán comenzaba así un texto del 26 de septiembre de 2000: "Prefiero pensar que hace 60 años en Port Bou, en las horas que precedieron a su muerte por morfina, Walter Benjamin conoció cierta lucidez mientras sufría las tinieblas y, en la desgracia final, conoció la pasión de no tener nada; una pasión que no deja de ser un buena compañía a la hora de vivir y también a la hora de morir".

Ilustrações: divulgação

Frederico Füllgraf - Walter Benjamin em Ibiza



Nota
Frederico Füllgraf

De 1932 a 1933, Walter Benjamin  viveu na ilha mediterrânea, espanhola, de Ibiza. Naqueles anos, o escritor e pensador berlinense atravessava uma grave crise existencial, defrontando-se com mudanças que pareciam questionar a continuidade de sua obra e de sua vida, pois ali cometeu sua primeira tentativa de suicídio.
Pano de fundo de sua depressão foram o descalabro econômico e a conseqüente eleição dos  nazistas na Alemanha, que agravaram ainda mais sua precária situação financeira e a falta de  perspectivas profissionais.
Sua decisão de estabelecer um interregno em Ibiza, escolher a ilha balear como  uma dos primeiros destinos de seu exílio,  surpreendeu amigos e convivas, e ocorreu sem grandes preparativos. Apesar disso, alguns de seus mais destacados escritos autobiográficos datam exatamente desta estância – o primeiro verão do fatal exílio de Benjamin.

Julia Radt-Cohn despertara em Benjamin sentimentos de raro romantismo, mas do sisudo intelectual dizia a jovem Julia que ele era tão travado e esquisito, que não conseguiria despertar nenhum desejo sexual em qualquer mulher. Apesar da rejeição de Julia, Walter prosseguiu insistindo...
Já Gretel Karplus era uma dinâmica empresária de Berlim, que se casou com Theodor Adorno,  amiga fiel de Benjamin até sua morte.
Dos cartas de Walter Benjamin
(Traducción: Germán Cano)
A Julia Radt-Cohn
San Antonio, Ibiza, 24 de julio de 1933
Querida Jula:

Me ha causado una gran alegría recibir tu carta: apareció justamente el día de mi cumpleaños, y por esa razón, como comprenderás, fue más bonito que si lo hubieras pensado a propósito. Lo que sucedió fue como si tu inconsciente hubiera trabajado en mi honor bajo la mano del servicio postal.

Pero es que además tus noticias han sido gratas, pues es tan loable ver cómo vosotros en estos tiempos trabajáis por enraizaros en las arenas movedizas de la región de Brandenburgo como poco recomendable para cualquier otro. Pero si tú quizá miraras o pudieses mirar por encima de mis hombros mientras te escribo, verías jugar sobre este papel parisino que me gusta utilizar en casa desde hace tiempo sombras de las agujas de los pinos que no serías capaz de diferenciar de las que ves allí, y si miraras delante de ti no verías el mar, aun cuando sólo está alejado apenas tres minutos de mi escondite veraniego.



A un sitio como éste me he trasladado con mi tumbona desde que, tras un comienzo poco afortunado en la orilla edificada opuesta de la bahía, conseguí volver a la parte apenas edificada del año pasado. Hasta llegar aquí, mi forma de vida ha sido más inestable, dividida entre las posibilidades de trabajo insatisfactorias que encontraba en San Antonio y los entretenimientos en cierto modo bastante significativos que podían encontrarse en Ibiza. Pero un viaje de negocios necesario a Palma introdujo una cesura en mi estancia aquí. He conocido Mallorca este año mucho mejor dando largos paseos y viajando en coche. Ahora bien, por bonita que sea la isla, lo que pude ver allí no hizo sino reforzar mi apego a Ibiza que posee un paisaje incomparablemente más reservado y misterioso. Las imágenes más bellas de este paisaje quedan remarcadas por las ventanas sin cristal de mi habitación. Éste es el único espacio por ahora habitable de una casa en estado bruto en la que todavía hay que trabajar durante mucho tiempo y de la que yo seré el único habitante hasta que la finalicen. Al instalarme en este cuarto he reducido a un mínimo difícilmente superable los límites vitales de mis necesidades y gastos. Lo fascinante de todo el asunto es que todo sigue siendo lo bastante digno, y lo que echo en falta aquí no proviene tanto del lado del confort como de la ausencia de relaciones humanas.


Las relaciones que constituyen la crónica de la isla son para mí en su mayoría fascinantes, pero algunas veces también decepcionantes e insatisfactorias. Cuando se da esto, el peor de los casos, ellas al menos me dejan más tiempo para desarrollar mis proyectos y estudios. Mi ‘Infancia en Berlín hacia 1900’, de la que tú has entendido desgraciadamente tan poco y en la que hay tanto que comprender, sigue creciendo en escasos pero importantes fragmentos. (…) Sigo leyendo a Bennett, y reconozco en él cada vez más a un hombre no sólo cuya actitud es actualmente similar a la mía, sino que además sirve para reforzarla: un hombre en realidad en el que una absoluta falta de ilusiones y una desconfianza radical respecto al curso del mundo no conducen ni al fanatismo moral ni a la amargura, sino a la configuración de un arte de la vida extremadamente astuto, inteligente y refinado que le lleva a sacar de su propio infortunio oportunidades y de su propia vileza algunos de los comportamientos decentes que competen a la vida humana. Deberías llegar a tus manos la novela ‘Clayhanger’, que ha aparecido en dos volúmenes en la editorial Rhein.

Podrás imaginarte fácilmente que mi correo apenas contiene noticias agradables. Gracias a Dios, lo mejor de todo ello tiene que ver con Stefan, que en este momento hace un viaje en coche con mi mujer que le llevará por Austria y Hungría hasta Siebenbürgen y Rumanía. Las noticias de los amigos de París son desmoralizadoras, pues la situación es tan desesperanzadora por un lado o por otro que ellos han dejado completamente de escribir. Lo que pueda esperarme en París por lo tanto es extremadamente problemático. En cualquier caso, un comienzo no del todo desfavorable es una magistral traducción de Infancia en Berlín que está llevando a cabo aquí un amigo parisino con mi ayuda. Pero ella avanza muy lentamente. Es posible leer entre líneas en tu carta que Alfred aún se mantiene firme al viejo estilo. Me gustaría tenerle aquí; él es uno de los pocos que yo me podría imaginar bajo estas difíciles pero fructíferas circunstancias de la isla. Pero mejor no le digas nada y salúdale de todo corazón, como también a Fritz.

Por lo que respecta a nosotros, las cartas son quizá la mejor oportunidad para estar juntos. Por eso recibe esta afectuosa carta, rogándote la próxima tuya.

Cenas da vida privada - a casa de Puntas des Moli
Abaixo: Benjamin jogando xadrês com B. Brecht


A Gretel Karplus


San Antonio, 19 de septiembre de 1933

Querida Felizitas:



Recibí tu carta del día 13, y ello me ha llevado a pensar que me habría gustado haber tenido al menos otra tuya. En realidad, ya no es mi salud la causante del aplazamiento de mi viaje, sino la situación misma —y desconocida además para mí— de ese lugar parisino en el que esperaba encontrar alojamiento. De hecho han transcurrido ya más de ocho días desde que se me envió un telegrama en el que se me pedía que no viajara sin recibir antes una confirmación del asunto. Como hasta la fecha no he recibido aún esta carta, no sé con qué me encontraré cuando finalmente llegue.

He tenido que abandonar mi cuarto de almacén si no quería contraer un nuevo compromiso a largo plazo y oponerme a la prescripción del médico, quien no esperaba una curación rápida en San Antonio. En realidad experimenté una evidente mejoría ya dos o tres días después de mi traslado. Ahora puedo, aunque con precaución, regresar.



Te doy mil gracias por la foto en Rügen: es cariñosa e incita a reflexionar; pienso, por ejemplo, que ni siquiera en Berlín no te faltan del todo este tipo de momentos. En todo caso, he entendido como mensaje uno de ellos, lo que me escribiste con tanto cariño sobre La luna. Me he sentido muy contento con él. Por mis dolores he perdido para el trabajo dos semanas, tal vez más. Ahora me estoy atreviendo a escribir un fragmento de ‘Infancia en Berlín’ que recree la atmósfera de la escuela. Este trabajo y, más que cualquier otra cosa, el asunto del traslado están absorbiendo todo mi tiempo, por lo que tengo que hacerte la confesión de que aún no he leído la ópera de Wiesengrund. Pero será algo que haga enseguida. ¿Dónde? Probablemente pienso que en París; creo que incluso en el caso de que no reciba pronto ninguna información de allí, viajaré aproximadamente dentro de ocho días para examinar a fondo cuáles son las posibilidades reales que existen. Sumando una serie de papeles oficiales que he logrado reunir, he intentado dejar la puerta abierta en todo caso a la posibilidad de una retirada a mi asilo de aquí, una puerta, dicho sea de paso, que cada vez es más difícil que se abra a los alemanes.



Desde la carta que tú me confirmaste has tenido que recibir, al menos, una nueva. A mí, entretanto, me ha llegado a las manos tu último envío. No puedo sino darte las gracias por todo. Piensa, por favor, en París con perspectivas más convincentes. Incluso en el peor de los casos no pienso salir de allí sin haberte visto antes. ¿Después de Musil has planeado leer algo mejor?

Leo actualmente a la ‘Princesa de Cléyes’, de Madame de Lafayette. Además, mientras esté en Ibiza seguiré alentando la traducción de ‘Infancia en Berlín’. Una traducción muy correcta de Logias está ya casi preparada. Ernst, naturalmente, no ha escrito. Moras, naturalmente, tampoco ha enviado ningún número de la ‘Europäische Revue’. Ça ne fait rien.
Hazme saber cómo te va. Escríbeme pronto; yo por mi parte cuidaré de contestarte. Todo mi cariño.


(’Cartas de la época de Ibiza’, Ed. Pre-textos, 2008)

23 setembro 2017

Frederico Füllgraf - Ela tinha um astro no lábio


"Nu deitado", 1917 - Amedeo Modigliani 




Conto

Quando, esparramada de costas, recolhia suas pernas fortes contra os peitos bem-conformados, ainda rijos, com mamilos eriçados, suas ancas simetricamente esculpidas, de fêmea quarentona, alcançavam a plenitude da forma (provavelmente a intenção do Criador): duas grandes peras de alabastro abauladas na base com volúpia, e que limite não tinham, pois (outra intenção do Criador) suas curvaturas eram a abóbada de uma capela, o número 8, a sinuosidade da Via Láctea, uma alegoria do firmamento.

            Assim retesada, empinada para as alturas - posição que poderia insinuar a ascensão da alma, e que na verdade era alçapão do desejo, ou ambas as coisas - sua brotação ostentava um vale em alto relevo: nas cumeeiras, na direção do umbigo, vicejava relva ligeiramente desbastada, espécie de orla para dobras e refolhamentos carnudos, em cuja extremidade superior pulsava uma greta úmida, bordejada por lábios rosados e encimada por um broto, cuja fragrância era de maresia. Na extremidade inferior escondia-se, sombreada, uma espécie de roseta da cor do cacau, entretecida de pregas, que ao mais leve toque latejava e exsudava um buquê almiscarado.

            E assim obsequiosa ela o espreitava, tentando adivinhar a latitude por onde sua geografia seria assaltada e penetrada. Algumas vezes, em espaços como a cozinha, provocava-o, arregaçando a camiseta, como única peça que cobria sua nudez, abrindo suas coxas roliças até o completo desvelo de um pássaro emplumado – que segundo o ângulo da contemplação também poderia ser um às de copas, um ninho de garças, ou ainda o cálice de uma flor, cujos lábios apartados e dobrados para fora, insinuavam uma borboleta em repouso. 

As asas já transbordadas de néctar, ela o montava e cavalgava, arquejando - a fronte crispada, cabelos esvoaçados, os olhos embotados de fúria e prazer. Possuída e posseira, esporava sua montaria, galgando morros imaginários e galopando encosta abaixo, abandonada à vertigem; esvaída até o alagamento.

            Certa noite, quando ele dedilhou suavemente aquela roseta, como fosse a corda de um violino, ela sussurrou-lhe palavras cujo intimismo aqui não pode ser sem mais nem menos franqueado. Disse que ser assim... “tomada”, “embrenhada”, era o que mais desejara desde a leitura daquela luxuriante crônica dele, sobre a apimentada vizinhança da culinária com o erotismo. Então ele a beijou nos lábios e nos seios, retirou-se de sua fenda inchada e viscosa, e pressionou seu bordão contra o broto chocolatado, pulsante. Cochichou meiguices no ouvido dela, e sentiu uma leve dilatação sobre a cabeça de seu membro. À primeira estocada, deteve-se para não machucá-la, mas sentiu um aperto, um insistente abraço por um anel imaginário, carnudo e latejante. Deslizou suas mãos sob as ancas da mulher, e, uma em cada mão, embutiu-se em seu centro; visitando-a, explorando-a, invadindo-a, e a cada cutilada, deflorando-a. Conquistando territórios dela nunca dantes tocados, enrabando-a, arrombando sua intimidade, alagando-a, sentindo o apossamento de cada milímetro de seu báculo ereto e duro, pela flor carnívora dela. E ela aspirando faminta, confrangendo, supliciando, gozando-o. Não pensou até o final a pergunta, se a mulher gozaria, ali possuída, porque ela sacudiu-se num sem número de raptos, espasmos e fonemas arfantes; o tronco enraizado até o âmago de sua fêmea.  E foi então que ele sentiu e, incrédulo, tocou e viu o encharcadiço, o enxurro melado e adocicado transbordando por seus anéis cintilantes, que repousavam feitos coroa sobre seu abismo apaixonado e esbraseado – um prodígio da natureza, o vaso proibido transbordado de desconhecido mel, derramado para o seu pássaro. Mel dela!

            Ela era sua geografia e ele seu cartógrafo. Com a bússola do instinto explorava-a. Com o teodolito do olhar media-a, mapeava-lhe os relevos e concavidades. Dois vagabundos da noite em busca da ilha do tesouro. E ela tinha um astro no lábio...

            Quando ela resfolegava de bruços sobre os lençóis, parecia derramar o território da poesia. E então as formas se invertiam. No sul nasciam e alongavam-se duas colunas simetricamente torneadas, fortemente dilatadas e alombadas ao norte – as tais peras de alabastro, em repouso. Confluindo em sentido oposto, sobre a crista lombar, corria a linha, ao mesmo tempo tributária do vale e das duas colinas contíguas. Agora a relva jazia na extremidade inferior da gruta, suspensa sobre o nada. Acima dela desenhava-se um fruto do mar na vertical; concha entreaberta pelos trancos da maré, entreluzindo folhamentos viscosos, que friccionavam delicadamente um contra o outro, quando ela corrigia a posição das pernas. E coroando o abrigo, o segredo à imagem da teia: um embuço de gruta estreita e sinuosa, apenas separada da concha por uma delicada película, acariciada ora num, ora noutro lado de seu arremate.

            E ali jazia ela, ofertando coxas, concavidades e grutas, a meseta de suas costas estendida até seus ombros, que debruçados sobre seu peito, expulsavam para os lados algumas curvas de suas mamas. Lá no umbral da espécie, a mulher descobrira-se femina erecta, e soerguendo-se, recolhera suas retro-eminências, compensando-as na altura do peito com dois frutos - e conta-se que seriam uma réplica fiel, esculpida pelas mãos da natureza, das curvas de um tralalá, ou popô.

            E como explicar, então, este fascínio do macho pelo traseiro de sua amada? Com a catequese velho-testamentária da cópula, o sex between mountains, praticado na sábia e requintada Babel, recebeu o agravo indevido de "sodomização”. Para os abramitas, certamente uma geográfica heresia, porque noves fora o Ararat, na Turquia, naqueles desertos, mountains não havia. E a transição ao Cristianismo deu-se com a mesma pregação, de tabu horripilante, designação de carnalidade demoníaca. Mas isto porque aqueles hebreus fundamentalistas afirmaram ter flagrado alguns homens na indecorosa posição... Todavia, de Babel, pela reprodução do ato nas ânforas helênicas e nos afrescos de Pompéia, a pergunta, há muito respondida, não queria calar: a mera paisagem não enfeitiça o macho, e a incursão ambilátera não faz a fêmea sentir-se poderosa?

Suspenso o ritual milenar de acasalamento pela esfregação das cavidades odoríferas, dela, no nariz do macho, logo enquadrado e punido o livre coito, estabeleceu-se a teoria dos vasos, condenando-se à crispação no fogo eterno a jubilosa (e pela fêmea, ansiada) penetração de seu vaso condenado, mas pedinte. Signo da cruzada hipócrita, indexou-se toda sua melodiosa nomenclatura (coitus more ferarum, coitus a posteriori, coitus from behind), instituindo-se, finalmente, a ditadura e a melancolia do vaso único – Desde então Post coitum triste omni est...

            Mas a desforra da natureza não demorou, pois a libido represada voltou a impor-se através da pintura e de mal-dotadas damas parisinas. É a estória do “traseiro barroco”, por exemplo, sabendo-se que barroco foi sempre um eufemismo generoso para excessos transbordantes, como as bundas das "Três Graças“, do pintor Peter Paul Rubens; bundas, que de tanta fartura jogavam faldas e sulcos, já se confundindo com as dunas do Magreb... Já os faux culs, do final do séc.19, aquela diatribe (sempre francesa!) das falsas bundas, foi um artifício para apreender o olhar masculino pelas tournures; um acolchoado de nádegas, prótese de ancas (em falta), armação de arame afivelada debaixo das anáguas, que conferia à sua usuária aquele porte de cisne, com notável rabo empinado.

            Pois, como dizia, ali jazia ela: bela como a imperfeição dionisíaca... Mas então, como resistir, não desejar penetrar e de-vastar essa paisagem venusina?

            Numa carta escrita em 1909, à sua amada, suspirava o garanhão, James Joyce: ”Minha doce, pequena puta Nora (...) Estou encantado em saber que você gosta de ser comida por trás. Senti tuas grandiosas nádegas banhadas em suor roçando minha barriga, e deparei com teu rosto ardendo febrilmente, e o desvario nos teus olhos”.

Consta que uma mulher que não tem acesso à fantasia da puta, não teria acesso ao gozo. Condição desse acesso seria entregar seu corpo, digamos, “com segundas intenções” – libertinagem reprimida, assaz curiosa... A propósito, James: a palavra “puta” não produz efeitos que vão da excitação à ofensa? Mais que grande mal-entendido, o mito masculino (e feminino) não reside na crença de que a realização de fantasias é prerrogativa da cortesã, fadista ou dadeira? E o pior: estabelecida sobre o primado do dinheiro, que compra pedaços de corpo (quanto mais recônditos e “proibidos”, mais caros), a putaria expulsou do encontro dos corpos a confluência dos sentimentos. E como divisórias entre as almas, espreitam bilhetes usados, numerados pelo Banco Central.

            E ele pergunta-se, sem preconceito algum: o que faria uma "puta", que essa mulher fagueira não fez por entrega, nele aninhada? 

Talvez da geografia brote o amor, como é mais provável ainda que do amor rebente a desavergonhada exploração da geografia.

18 julho 2017

Frederico Füllgraf - A visitadeira




Conto


Hoje ela não veio. 

Distraí-me com o mundo durante o dia, mas à noite senti sua falta. 


Não, não é em A. que estou pensando, dela não sinto falta. Libertei-me de seus arroubos frívolos de falsa transparência, suas conspirações e fingimentos. Deve pensar que a forma mais insidiosa de vingança seja meu silêncio, que a oclusão do amor é viver a mortal indiferença do outro. Mal sabe ela, que os que abrem mão do lar, são melhores adivinhos dos pensamentos alheios; os de Deus inclusive. 


Mas onde andará a"outra"? 


Ainda vagará pelas ruas nestas horas do recolhimento? 


Seu desaparecimento me humilha: e se estiver dividindo sua intimidade com outra pessoa? 


Na verdade preocupa-me seu bem-estar: poderia ter sido atropelada, ferida – e se estiver morta? Estou aflito: não há como procurá-la, não sei o seu nome, que deriva de sua compleição e hábitos. 


Vou esperá-la.


Convivemos por várias semanas, e apesar de seus modos discretos, só infra-minimamente perceptíveis, sinto máxima ausência.


Introduziu-se sem aviso, mas com delicadeza. De repente estava.

Não que fosse invasora. Ao contrário, alegrou-me muito sua presença.

Inopinadamente, graciosamente, brindou-me sua companhia, neste refúgio onde não se falava a não ser em pensamento. Obsessiva no início, ela corria desnorteada de um lado para outro, como se estivesse seguindo o traçado confuso do mapa esfarrapado de um tesouro escondido em local secreto. Depois foi se aquietando.

Quase nos tornamos íntimos, afirmação, reconheço, algo leviana, ligeira projeção do meu afeto: era eu quem a saudava, com ela conversava enquanto passava um café. 

Egoísta, não prestei atenção aos seus sinais, dei a tagarelar, confortado pela companhia. 


E então aconteceu aquele terrível acidente, por minha culpa. 


Permito-me reproduzi-lo, com a perspectiva dela: de repente ela perdeu o chão, tenebroso marulho de placas tectônicas. Aflita, agarrou-se à ponta de uma rocha esférica e esbranquiçada, já transbordada por gigantescas ondas de espuma peçonhenta. Sentiu o fim dos tempos, manipulado por garras hiperbólicas, que baixavam dos altos. Só então a descobri suspensa entre a vida e o precipício: a seus pés, o buraco negro aguardando sua queda e a deglutição pelas entranhas da cidade. Aliviado, consegui salvá-la. Toquei-a com suavidade e ela desempenou-se com aquela cerimônia da mulher que oferece a face, para atrasar o primeiro beijo na boca, amuando-se em outro canto, mas sem pavor nem histeria. 


Comoveu-me seu respeito por minha solidão eletiva, à qual talvez estivesse associando a sua própria, dando, finalmente, algum sentido àquela genuína oferta do coração, soletrada para apenas duas (sabendo que ela jamais seria a terceira destas) mulheres em minha vida: sinta-se em casa, quero aconchegar a tua solidão. 


Senti genuína compaixão por ela.


Não que este lugar fosse um ermo ou o desterro. Digamos que seja um intermúndio orbital, cuja flamância lembraria aqueles excessos de luz no umbral da criação, embotando-lhe a vista frágil. Evitou a imensa tela rutilante, aberta sobre infinito livro de areia, com incontáveis palavras e línguas dessemelhantes, agrupadas em milhões de páginas, número sem fim de manuscritos conservados em arquivos virtuais. Aleatório, mas íntimo terminal da babélica biblioteca de J.L.Borges, que lhe devolveu a insignificância de sua minúscula estatura. 


Contudo, imenso jardim suspenso entre o passado e o espanto, seus ancestrais já se deslocavam em missões exploratórias de suas raízes, troncos e folhas. Mas elas não têm percepção do tempo, nem consciência da História - simplesmente são. 


Poupada, ela ignora meu horror à metáfora do Angelus Novus de Benjamin: História, como amontoado de ruínas; corpo enterrado vivo, sedimentado em camadas de esquecimento; Vida como tempo esvaído, irrecuperável. Relógios derretidos de Dalí.


Tempo. 


Surpreendo-me contando os dias de sua ausência. 


Abobado, converso comigo mesmo. Suportar a solidão é preparar-se para a partilha da intimidade (como é verdade também, que a solidão sói ser mais intensa em companhia de certos outros: o narcisista egóico oculta, sequestra, foge da angústia alheia).


Às vezes sou Winfried Georg Sebald, que caminha pelo litoral do sudeste inglês, numa pausada meditação sobre fenômenos tão dissimiles como Rembrandt; o acima e o abaixo das guerras aéreas; tempestades de fogo em Hiroshima, Dresden; o ciclo de vida dos arenques; a devastação das grandes florestas do mundo; a imaginação paranoica dos cartógrafos renascentistas e seu cosmo sirênico: peixes-elefante, peixes-coelho, polvos-giganta engolfando galeras nos Mares do Sul. 


Infâmia na Amazônia profunda: é JC Aranã quem pratica o holocausto de Putumayo, mas é Sir Roger Casement, o investigador, que morre na forca em Londres. 


No entanto, a melancolia é a prima criativa da depressão, e com as matérias-primas do luto histórico WG Sebald escreve a literatura da compaixão. Não concluiu suas andaduras: no verão de 2001 tem um mal-estar ao volante, o carro mergulha frontalmente num caminhão e WG emerge atônito no mundo do outro lado do mundo. O mundo do lado de cá chora a partida prematura do mais forte candidato ao Nobel, mas eu lhe invejo somente as caminhadas, nas quais trocaria Norfolk e Suffolk, pelo Namib e o deserto patagônico em Sarmiento. 


Mas agora tenho que aligeirar este peso, esta enorme responsabilidade.


E feita salva-vidas da minha borrasca, eis que ela reaparece, dissimulando a reaproximação. 


Quantas avenidas terá percorrido, evitando elefânticos pisantes, escapando da teia de quasímodos aracnídeos, do bico voraz de monstros alados, galgando muros, escalando paredes, não escolhendo outro, senão a mim? 


Ela se aproxima e se detém, alonga as patinhas traseiras, como fosse sinal de saudação e retro-agradecimento por sua salvatagem naquela tormenta: distraído, quase a mandei para o ralo com a sujeira dos pratos - o tsunami na pia!


Caminhando e despencando entre as letras, baixa e perscruta o porão alfa-numérico do teclado, brincando de esconder, bisbilhotando a combinação das minhas palavras, impedindo-me a escritura, sob pena de esmagá-la debaixo de um p de pressão ou um q. Que para sua carnadura grácil é mais que um quilograma: é t de tonelada.



Paciência esgotada, acendo um cigarro e desato o jogo de guerra dos carniceiros, no qual vale tudo: feito lança-chamas em Gaza, sopro a fumaça acre para desalojá-la dos espaços do alfabeto – e nada! 

Ela mimetizou-se, já é parte do teclado. 


Impotente, declaro o cessar-fogo unilateral e abro com delicadeza o arquivo das revelações, tentando adivinhar sua genealogia: há as açucareiras, as caçadoras, as doceiras. Divertem-me as astecas, as cabeçudas e mineiras (quando criança esmagava com o pé as odiadas cortadeiras e as proletárias carregadeiras!). 


Sentem-se irresistíveis a argentina, a cuiabana e a paraguaia. Já a formiga fatal é a saca-saia! A formiga-correição, a guaju-guaju, a morupeteca e a taioca são as guerreiras. O piolho-de-onça é sarna que não pára de coçar, e a feiticeira e a cigana leem a sorte, portanto são alvissareiras. 


E tentando imaginar o som da chiadeira, ei-la, triunfante - Margarida, minha formiga visitadeira - emergindo no canto superior esquerdo do teclado, debaixo da letra q.


Não fosse piegas e eu diria que é de querença. 

Importa que me devolveu a leveza.



15 junho 2017

Frederico Füllgraf - O dia em que a V-2 de Hitler caiu em Ciudad Juárez

Excerto de "O caminho de Tula"
romance em construção

Naqueles dias de deambulações de Albert George pelas ruínas de Nassau, ocorria um episódio insólito no deserto do Novo México, do outro lado do mundo.
Porfírio Contreras, capataz de uma herdade localizada junto à fronteira com o Texas, tem a prova de que foi o dia 29 de maio de 1947, porque se percebendo a distância segura, apeara de seu cavalo, e com a ponta de seu punhal, que levava embainhado às costas, entre o cinturão e as ceroulas, no lado esquerdo inferior da cela de couro gravara a data daquela aparição, para que no futuro nem seus netos duvidassem do que vira!
Contou-me Contreras que, enquanto cavalgava de volta à estância, vaquejando mil e quinhentas cabeças de boi com seus peões, foram surpreendidos pelo bramido ensurdecedor de um objeto voador com forma imprecisa, mas apetrechado com aletas, e que a baixa altura, estimada em quatrocentos pés, descrevera uma elipse sobre suas cabeças, desaparecendo por trás de uma quebrada, de onde logo os alcançara o estrépito e a restolhada de ferros retorcidos. 

Ajuntou o mayoral que a primeira reação de seus homens foi perguntarem-lhe se depois de roubarem o Texas, o Novo México e o Arizona, desta vez os americanos invadiriam a capital do país - tal seu pavor e indignação! 


A notícia fizera eco em toda a região fronteiriça, mas instruído por um despacho recebido pelo telégrafo, com a advertência, “ultra-secreto!”, o cônsul americano em Juárez reunira os diretores do único jornal e da única estação de rádio da cidade (obviamente estranhando que fossem da mesma família), ordenando-lhes you guys shut up!, o que traduzido queria dizer "em boca fechada não entra mosquito!" - enfim, que seus repórteres calassem suas matracas sobre o sucedimento impronunciável.



Este era “o mais infame lançamento”, nas palavras de Wayne Mattson, antigo pesquisador dos esfíngicos movimentos ocorridos no deserto de White Sands desde a rendição da Alemanha, referindo-se ao incidente internacional causado pela estranha "arma voadora" que despencara sobre os jazigos de um cemitério de Ciudad Juárez.
Ainda bem que no México não sabiam do que ocorrera do outro lado da fronteira, uma semana antes – sairiam correndo de suas casas para não mais retornar!
Trama paralela. 

Em sua edição de 22 de maio de 1947, o "Alamogordo News" alardeara o susto da população da localidade de mesmo nome, “tocada por incipiente pavor”, quando uma sorte de objeto voador irrompeu em voo errático nos céus sobre a pequena cidade encravada no deserto, explodindo estrepitosamente ao chocar-se contra as montanhas de Sacramento.


Seu lançamento ocorrera às 4h08 da tarde, no Complexo 33 de White Sands. O propelente líquido fora programado para queimar durante 63,6 segundos, acelerando o foguete, com 9.827 libras de peso, à velocidade de 4.696 pés por segundo, ou 3.202 milhas por hora, elevando-o até uma altitude de 76 milhas nos céus do Novo México. Subitamente, porém, o engenho começara a cambalear, a pressão partindo ao meio o míssil, cujos destroços despencaram nas proximidades da 13ª. Rua com a Cuba Avenue, e também sobre os trilhos das Ferrovias da South Pacific.
Mas do que, diabos, estavam falando?
Alguns malucos saltaram em seus carros, relatava o jornal, apressando-se em alcançar o local do choque, localizado a mais de trinta milhas da base do disparo. 

Bob Calloway, que jogava bola com alguns garotos entre a Avenida Michigan e a 15ª. Rua, conta que os fios elétricos estendidos entre os postes naquelas ruas começaram a vibrar violentamente.
Montados num caminhão, ele e seus amigos acudiram ao local da queda, onde apanharam alguns destroços como troféus. Eram fiações e tanques metálicos que usaram para montar aeromodelos, merendeiras e caixas de ferramentas portáteis.
Eis o fim do misterioso "lançamento" ocorrido no dia 15 de maio, estranhamente noticiado apenas no dia 22, uma semana depois.
Os tais "lançamentos" eram top secret.
Por isso, poucas horas após o bombardeio do cemitério em Ciudad Juárez, um destacamento do ministério do ar americano cruzara a fronteira para inspecionar o local do sinistro, encontrando-se com uma turba de mexicanos já empenhada em saquear e vender a sucata que caíra do céu.

Só então o cônsul gringo e os nativos ficaram sabendo que a invasão do espaço aéreo do México fora um acidente, pois, como tratara de elucidar Monte Marlin, oficial de relações públicas do campo de provas balísticas de White Sands, "ao invés de obedecer à trajetória programada, navegando para norte, a engenhoca se desgovernara, e sobrevoando El Paso, do outro lado da fronteira, rumara ao sul..."

- Luckily, no one was injured! – tratou de contemporizar o porta-voz diante das carrancas varadas dos hispânicos.

Ao próprio cônsul, pasmado, confidenciou que em meados de 1945, nada menos que trezentos vagões de trem haviam descarregado em Las Cruces o mais fantástico butim de guerra de todos os tempos!

Eram motores das bombas voadoras alemãs V-2, como essa que acabara de espatifar-se nos ermos. Era mais: ali abundavam fuselagens, tanques de propelentes, giroscópios e outros equipamentos com funções a adivinhar.

De Las Cruces, fim da malha ferroviária, as super-armas alemãs seguiram em caminhões - centenas de caminhões! - para a base de White Sands. 

Lá estava funcionando um programa, explicou Marlin, para treinar americanos em operações de lançamento com armas teleguiadas, artifício até ali sobejamente desconhecido na América.

Infelizmente, ajuntara o oficial, apesar de operadas pelos cento e setenta e sete cientistas e técnicos que as tinham desenvolvido na Alemanha, nem todos os disparos com essas armas eram exitosos, embora estimasse que sua margem de acerto fosse de sessenta e oito por cento. Portanto, somente aqueles trinta e dois por cento errantes – ehhmm... restantes!, corrigiu-se rapidamente - explicavam o desvio imprevisto daquela V-2 para Ciudad Juárez.

E arrumando num caminhão militar, fortemente guarnecido, os destroços que restavam da arma futurista, que não deixaram fotografar pelos mexicanos, os americanos retornaram à fronteira e desapareceram.


Fotos: divulgação

10 junho 2017

Frederico Füllgraf - Sedex aos sábados



Conto 

Enquanto observava, pela primeira vez, o sobrado antigo, de dois pavimentos, bem conservado, com janelões altos e porta gradeada, cercado baixo, de frente para a calçada, varreu a quadra com o rabo do olho, pois sentiu vontade em demorar-se, mas sem chamar atenção. 

Nesses tempos, parar no meio da calçada e observar uma casa, sem outro motivo que não o estético, poderia desencadear reações algo surpreendentes na vizinhança, tais como chamar a polícia.

Pois, que se danassem! Ele gostava de contemplar aquela casa. 

O reboco cinza-escuro do frontispício lhe conferia uma tonalidade soturna, apenas ligeiramente ateada pelo verde das bananeiras adultas que impregnava suas venezianas, fechadas. Apesar disso o conjunto lhe transmitia aconchego.

Mas aquela casa não queria caber ali.
Ela, sim, cercada de más companhias, numa babel de traçados que constituíam o terceiro estilo, como o descrevera Alejo Carpentier: um convívio de edificações dessemelhantes nas ruas do Novo Mundo, que era ao mesmo tempo tudo e nada, do bom ao péssimo gosto. A falta, enfim, de qualquer estilo.

Não, a casa não pertencia àquela rua! Essa certeza verdadeiramente atiçou sua obsessão em desvelar seus interiores.


Duas semanas depois, caminhando pela redondeza, sentiu saudades da casa e decidiu-se pelo trajeto mais tortuoso, apenas para desfrutar aqueles momentos fugazes de lembrança embaciada. Lembrança daquela casa pendurada em algum alcantilado do Mediterrâneo.

Mas então ouviu tossidas na calçada, e era uma tosse feminina. 

Intrigado, percebeu que os soluços emanavam do interior do próprio sobrado, cujos janelões agora estavam abertos sobre o dia. 

Deteve-se ao lado de um poste, dissimulando e, pensando naqueles pratos parabólicos que cavalgavam os ângulos mais inusitados das casas, ajustou ao máximo suas orelhas ao eixo de uma das janelas. 

Podia jurar que era mesmo Violetta acometida por um de seus surtos de tuberculose, no primeiro ato! Obviamente, Alfredo aproveitaria sua fragilidade para aproximar-se dela e declarar-se. E ela o desencorajaria, dizendo que nem sabe como é amar, quanto mais lidar com sentimentos fortes...

Não cabia dúvida, aquela era a Callas! 

Se lhe dessem mais um minuto, apostaria que era a montagem de Luchino Visconti, de 1955, no Scala de Milão, com Giuseppe Di Stefano no papel de Alfredo... 

Tivesse trazido a máquina fotográfica e poderia despistar com um bom motivo para atrasar seus passos na calçada. Mas tinha que seguir caminho, afinal ele não era da Avon, nem das Testemunhas de Jeová, muito menos tinha uma Enciclopédia Britânica para anunciar à porta e empurrar goela abaixo de alguma dona de casa desprevenida!

Imaginou que suspeitassem que fosse algum tarado - ou "assediador sexual", como diz o jargão em moda - riu-se e, a contragosto, saiu caminhando, mas não sem virar-se e lançar um olhar furtivo à porta da entrada. Não era preciso decorar o número, era apenas uma obsessão.

Acendeu um cigarro e tomou o rumo da esquina.

A verdade é que ele estava perigosamente apaixonado por aquela casa. E começou a passear suas fantasias.

Em sua terceira passagem, manhã de sábado - desses finais de maio, aprazíveis, com céu azul espelhado - percebe que a confeitaria, localizada do outro lado da rua, colocara mesas e cadeiras na calçada. 

E decide abancar-se, mas de tal modo, que seu campo de visão emoldura perfeitamente a sonhosa vivenda. 

Pede um café e um Domecq, e também a enfastiante gazeta.

Dissimulando leitura, mas vazando a borda do jornal com um olhar de esguelha, não lhe escapa o instante em que uma mulher – ele apostaria que teria seus trinta e sete, no máximo, quarenta anos – coloca alguns vasos de plantas no peitoril de uma das janelas, que se põe a regar.

Enquanto a observa, por um átimo ela ergue a cabeça, olhando vagamente em sua direção. 

Entre duas, três miradas furtivas, ela se afasta da janela - será que percebeu sua indiscrição? 

Ele volta a acoitar-se atrás do jornal, mas não se contém e, mirando de soslaio, percebe a mulher atravessando rapidamente os fundos da sala, com uma toalha enrolada na cabeça, mas vestindo apenas uma calcinha – santo Deus, que escultura! 

Contudo, minutos depois, já vestida, ela reaparece na rotura e recolhe os vasos. 

Da sala, atrás dela, seu ouvido apurado distingue o coro dos mascarados, do 3º. Ato. Em La Traviata, o coro dos mascarados era uma cena de festa - será que ela estava lhe mandando uma senha? 

Teriam passado dez minutos, excruciantes, e ela retorna uma terceira vez, mas apenas para fechar a janela. 

Jururu, o sujeito dobra o jornal, ergue-se da cadeira, paga sua conta, vira a esquina e desaparece no turbilhão.

(Aqui impõe-se um corte da cena para um fast motion, recurso de dramaturgia barata, como nas novelas daquela nefasta rede da Lopes Quintas: crepúsculo, nuvens rápidas, escuridão, luzes na cidade...).

E faz-se noite de uma sexta-feira. 

Mal recortado contra a luz bacenta de um poste, o vulto de um homem se aproxima da entrada do tal sobrado onde canta a Callas.

A poucos passos do cercado, a figura hesita, acende um cigarro, dá algumas pitadas, nervosas, e joga fora a guimba. Ato contínuo salta o cercado e aproxima-se da porta. 

Estaria delirando? Do interior da casa alcançam-no fragmentos de Fredegunda, na inconfundível partitura de Gasparini...

Mas a voz de Galsuinda...  Não, aquela era uma voz ao vivo! 

Apertando um embrulho avantajado contra o peito esquerdo, o espectro estende o braço direito à campainha. Lembrou-se do título do filme, reprimiu o riso e tocou duas vezes.

Lá dentro, o volume da música se encolhe. 

Sente-se ridículo, mas colando o ouvido esquerdo à porta, denota passos aproximando-se. 

A luminosidade do olho mágico se dissipa; alguém tenta observá-lo do lado de dentro.

- Quem é? - pergunta uma voz de mulher.
- É um Sedex, senhora! – responde o vulto.
- A essa hora! – reage a voz , já virando a chave na fechadura.

Pela fresta da porta entreaberta, a primeira imagem que se impõe ao campo de visão da mulher é a de uma grande caixa. 

Mal a registra e a caixa desliza ao chão, Mas o que a mulher vê, agora, é uma arma apontada para sua cabeça. 

Seu gritinho estridente quebra-se entre a soleira e a sala atrás dela, enredando-se nos queixumes de Fredegunda.

Mas então é a vez do assaltante assombrar-se.

- Não pode ser! Malizia... - você, aqui?
- Malícia?
- Quieta, já explico! 

Com a mão esquerda enfiada numa luva de lã escura, o assaltante tapa a boca do belo rosto estatelado na soleira da porta.

- O que foi Clarice – machucou?      
                                        
Uma voz feminina ecoava dos fundos da casa. E não era Maria Callas!

- Clarice, pois sim! E quem é essa outra? – cobra-lhe, apavorado, o assaltante, brandindo seu revólver. – Responda, mas nenhum pio a mais, ouviu!

- É minha mãe, mora comigo, está tomando banho, é uma senhora de 70 anos... – diz, quase implorando, a mulher que, virando-se, choraminga na direção do corredor: - Está tudo bem, mãe, é uma entrega que chegou de repente. Está tudo bem!

Ainda brandindo sua arma, o assaltante ordena.

- Agora, pegue o pacote!
- Entrega? – questiona a rezinga que se espreme atrasada através da porta entreaberta do banheiro, no fundo do corredor: – Quando o correio era do governo, era ordem do Getúlio pra não importunar as famílias depois da missa das seis, mas hoje... – crendiospadre!

Ela o contempla, incrédula, se abaixa, apanha o pacote com as duas mãos e o carrega até a primeira poltrona da sala. 

Mas detém-se, e só agora presta atenção na figura do homem que se completa à sua frente: veste calças jeans, uma camisa escura, bem passada, e por cima dela um paletó marrom, de marca. É alto, deverá ter a idade dela, talvez um pouco menos, tem porte atlético. Seu rosto é de traços retangulares, bonito, seu nariz é suave, mas seu queixo é decidido, e em seus olhos escuros cintila uma chispa de cinismo que a qualquer momento poderia desatar alguma maldade.

- E agora, o que deseja? Pode levar o que quiser, mas vá embora, por favor! – implora a mulher, virtualmente cochichando, mas de esguelha pescando o telefone em cima do console.

Atento aos olhares dela, ele a encurrala, manda-a desconectar o telefone fixo e entregar-lhe o celular, cuja luz azul já cintilou três vezes no bolso da blusa dela. “A bela terá marido ou namorado?”, pergunta-se.

- Não quero nada da sua tralha! Não vai abrir? – ele insiste com um aceno impreciso do revólver ao misterioso pacote em cima da poltrona.

- O que significa tudo isso? – ela espanta-se, recuando de costas até o sofá. E abrindo a embalagem, o que salta de seu interior é a ramagem de uma bela orquídea plantada num vaso de cor ocre. 

Com o vaso nas mãos, o encara com lábios trêmulos, que esboçam um sorriso interrogante.

- É um presente! Achei que iria gostar, outro dia vi você regando orquídeas no peitoril da janela...

- Você anda me seguindo, é? Quem é você, afinal? Eu vou quebrar a janela e chamar a polícia, viu!    

- Nossa, que surpresa! – diz a anciã que se aproxima pelo corredor, com a mão na boca, sinalizando vergonha diante do desconhecido, porque veste apenas um penhoar .   
       

Com gesto imperceptível, a arma escorrega para os fundilhos da calça e o visitante inusitado já vai estendendo a mão à idosa, perplexa.

- Este é o ... – titubeia Clarice.

- Léo! – ele atalha a mulher, emendando uma mentira descarada. – Léo, amigo da Sandra, amiga da Clarice... Eu vinha para a cidade, e a Sandra pediu que eu entregasse aquela orquídea, ali, à sua filha... Desculpe a hora, mas é que, com uma flor ali dentro... Poderia murchar, sabe como é...

Clarice mantém os olhos pregados no sujeito. É uma expressão ambígua. Sente vontade de estraçalhá-lo. Mas por outro lado...

- Não quer servir uma água, ou um cafezinho para o... – é Léo, né? – assevera-se a idosa, parada na soleira do corredor, mirando a filha, e já ajuntando – O sr. me dá licença, que eu vou botar um agasalho... 

E despede-se, retornando ao corredor.              
                                        
Clarice não cabe em si de ódio pela ousadia do intruso, mas fazendo vistas grossas, encaminha-se à cozinha. 

Ele a segue, atento a todos seus movimentos.

Aquela pausa do cafezinho era a mais angustiante na vida de Clarice, que deixa intocado o seu. 

– Não vai tomar, filha? 

A velha bebe um chá de cidreira e logo se despede porque vai viajar pela manhã, cedo; a outra filha mora fora da capital, explica ela ao gentil entregador da orquídea. 

Derrubada numa das poltronas, a Clarice não escapa um esgar triunfal no canto esquerdo da boca de “Léo”, quando sua mãe se retira para dormir.

- Então era você quem cantava a Fredegunda? – ele alfineta, ajuntando um elogio: - Que bela voz!

- De onde conhece essas óperas, todas? – ela indaga, dissimulando interesse, na verdade tentando ganhar tempo.

- Ah, nem queira saber! – responde o sujeito, com um bafejo de aborrecimento: - Foram três anos de internação...     

Olhos esbugalhados, ela se oprime apavorada contra o espaldar da poltrona, cravando as unhas da mão esquerda na palma da direita.         
       
O assaltante ajunta: - Um dia, meu psiquiatra, cansado das longas sessões inócuas, trouxe uma coleção de óperas, dessas promoções de jornal à cata de leitor, e disse, “tome, vê se descobre aí o seu arquétipo!”. Ele era Jungiano... - diz, com humor corrosivo.

Por momentos, Clarice cogita se o sujeito não lhe estava mentindo, mas volta a assombrar-se quando, educado, ele pede licença para olhar a coleção de discos dela, na qual descobre “O rapto de Lucrécia”. 

Desculpando-se por lhe ter mentido, porque na verdade se chamava Tarquínio, diz: - Minha ópera preferida! 

Apavorada, ela deduz  com seus botões, conferindo as horas no relógio de pulso"Bingo! Logo imaginei! O Tarquínio estuprador da ópera! Este é o mote, o prelúdio do meu assassinato!”.

– Mulherzinha venenosa, a Fredegunda! Interesseira como a maioria dessas que andam por aí... Piranha, se me perdoa a expressão! E barraqueira! – graceja “Léo-Tarquínio”.                
- E quem é… Malícia? – Clarice o interrompe, bombeando coragem com a lembrança de Laura Antonelli naquele filme homônimo, no qual, perseguida por um filho de seu senhorio, vira o jogo, arrebatando-lhe aquela lanterna de luz cegante...

– Malizia com “z”! – ele corrige-a.

E ajunta: - Foi um susto! Ela é uma mulher virtual, com um rosto igualzinho ao seu, e seios com esse mesmo contorno de pêssegos dadivosos...   

- O que está querendo dizer? – abespinha-se Clarice.

- Brincadeirinha, desculpe! – desconversa “Léo-Tarquínio”.

“Pêssegos dadivosos!”.

De soslaio, ela percorre o próprio decote em busca de algum chamariz que justificasse o rude atrevimento daquela frase. Obviamente, aquele sujeito andava espiando. E se fosse um voyeur agressivo? Mas seus seios... 
Por acaso os teria achado pequenos demais? – rumina com seus botões, enquanto reluta em responder-lhe por que costumava cantarolar aquelas óperas. Quem sabe, respondendo, ganharia sua confiança, e nem que tivesse que manter a vigília durante aquela noite insana, o venceria pelo cansaço. 

– Sou mezzo soprano, metade do ano trabalho em Sevilha – ela resmunga, finalmente.

- Sevilha? Eu sabia, eu sabia! – “Léo-Tarquínio” desopila-se, visivelmente regozijado, mirando de soslaio o corredor, com medo de acordar a respeitável senhora.

- Andou bisbilhotando até mesmo o meu trabalho? – Clarice se enfeza.

- Não, nada disso, é a casa! Mas você não vai entender, pelo menos hoje não vai... –   responde com um olhar que se projeta para muito além do rosto dela. 

Agora, pastoreando-o nas guirlandas da fumaça de seu cigarro, entretém Clarice com a cínica moral da história de Lucrécia, a bela esposa de Colatino: Tarquínio tivera que violá-la porque ela resistira à sua corte... E era de fato a única mulher fiel em toda a Roma antiga!

E sobrevêm instantes de mortificante tensão. 

Resolvida a despertar daquele pesadelo, Clarice vai ao banheiro. Quando retorna, na cozinha apanha dois cálices e uma garrafa de vinho. 

“Léo-Tarquínio” continua a deblaterar sobre “Lucrécia” e a fidelidade das mulheres. Distraído, não percebe quando Clarice dissolve um poderoso sonífero em seu vinho, mas no momento do brinde ela se confunde, troca a ordem dos cálices, e é Clarice quem desaba na poltrona.

Por momentos, “Léo” a contempla e culpa o vinho por seu súbito decaimento, mas também sua brutal invasão da privacidade daquela mulher, por quem começava a sentir imensa ternura. Termina de ouvir “Lucrécia” e culpa-se. Depois toma Clarice nos braços, carrega-a até seu quarto e cobre-a delicadamente com a manta de lã negra, que serve de colcha.

“Léo-Tarquínio” retorna à sala, mas então voltam a assaltá-lo aquelas recordações lavadas pelo tempo. 

Medindo passos entre o corredor e o vestíbulo, estuda as linhas nas tábuas corridas do assoalho, perscruta os caixilhos das janelas, a disposição do pé direito. 

Observando-a atentamente, podia perceber-se no acabamento daquela casa intenções que ora diluíam, ora somavam fronteiras: poderia repousar sobre os penhascos do bairro espanhol de Nápoles, por exemplo. Também era possível imaginá-la como o último teto de uma ladeira de Barcelona, com intenção de afogar-se no mar defronte. Talvez vigiasse solitária sobre as areias de Saint Jean de Luz. Nem espantaria os pescadores de San Sebastián, do outro lado do golfo, se lhes mostrasse a foto, pois diriam no es por azar, porque constituía cópia perfeita da taberna do contramestre Facundo, com vista sobre o porto, onde se bebe o brandy e se fazem longas pausas de silêncio entre as conversas. 

Com seu acabamento de intenção hispânica, por cujas fendas espreitavam inspirações afrancesadas e toscanas, ninguém se surpreenderia se dissesse que era a casa de infância de Jorge Luís Borges, em Palermo Viejo. Não era a imagem frívola do tal chateau en Espagne, mas se tivesse que descrevê-la em atitude discreta, eu diria que a casa habitava certo páramo de sonho, sem dúvida, mediterrâneo.

E agora ele sorria com a recordação daquele jogo de tarô-bêbado, na noite do ano novo, em Búzios. Porque Sevilha se encaixava na descrição da amiga francesa que o surpreendera, dizendo, “Ouuulalá! Em vidas passadas você foi um magicien, algo assim. E viveu em algum lugar poderoso do Mediterrâneo, mas foi expulso do reino, pas que...- Oulalá, seduziu a mulher do sultão?”.

"Desterro", "vidas passadas"... Não conteve o riso. 

Na mente, nenhuma lembrança consciente! Mas por quê essa anamnese, essa certeza excruciante daqueles finais de tarde no terraço sobre o imenso mar? Tânger, Faro, Málaga, ou Siracusa? Que tal se...

Estirado sobre o sofá. encafifado, se fora a casa, apenas, que o incitara à loucura do assalto, adormeceu.

Despertou ao raiar do dia.

No banheiro tentou expungir as olheiras violáceas com a água gelada da torneira. Em seguida, foi à cozinha e preparou o café da manhã. 

Aturdida, a velha senhora o surpreendeu, pondo a mesa. Percebendo o sofá algo desarrumado, perguntou por Clarice. 

Sem aguardar a resposta, correu ao quarto da filha, mas percebendo que ela continuava vestida e maquiada do jeito que estivera na noite anterior, aquietou-se, reincorporada em seu pudor.

Então soou a campainha. Era o táxi.

Constrangido, “Léo-Tarquínio” também esboçou movimento de quem já estava indo, mas a anciã insinuou que ficasse à vontade, e se despediu.

Sonada, Clarice apareceu na sala, escorando-se no vão da porta, descalça.

Depois, abancados, cada um em uma poltrona, sentindo o olhar dela, que alternava severidade com lenta suavidade, “Léo-Tarquínio” disse, jocoso: - Viu, não precisou se suicidar como a Lucrécia! 

Toma! – ajuntou, com novo sorriso macarrônico, apontando o revólver ao rosto da mulher, em cujas bochechas começavam a escorrer pérolas de água da arma de brinquedo.    

Rindo-se, apanhou sua jaqueta dobrada sobre o espaldar de uma das poltronas e vestiu-a.

Quando lhe deu o beijo de despedida, à porta, disse com expressão brejeira: 
- Talvez sua amiga volte a lhe enviar um Sedex urgente no próximo sábado. 
Despachada, ela provocou com um sorriso malicioso: 
- O carteiro sempre toca duas vezes?

E ele sumiu domingo afora.


Fotos: tmpMaroccan_Castle_6, divulgação